cuentos para dibujar

Cuando escribo de verdad, escribo cuentos. El objetivo de este blog es que cualquiera al que le guste dibujar, amigos, ilustradores, gente que se aburre en clase, se inspiren con cada cuento y dibujen su propia interpretación del relato.
Buzon de ilustraciones: cuentosparadibujar@gmail.com

Krunch

Estaba buscando en su bolso negro la forma más rápida de entrar al portal, el barrendero se acercaba con su aspirador de cazafantasmas. Llevaba toda la noche en la calle y quería pisar de una vez el parqué de su casa.

La puerta de hierro gigante chirrió dándole la bienvenida, era la señora María que bajaba  a comprar el pan en zapatillas de andar por casa. Salió sin saludar.

En el vestíbulo, mientras esperaba al ascensor, una conversación sobre nietos bajaba subiendo de volumen. Eran Paquita y Carmen, las del quinto. Por no cruzarse con ellas cambió el ascensor por las escaleras de madera, las típicas que son más fáciles de bajar que de subir.

Iba por la mitad cuando el suelo empezó a temblar. Miguel el trajeado, así lo llamaban en el portal, bajaba las escaleras de cinco en cinco porque llegaba tarde al trabajo, como siempre. Con las prisas ni siquiera la miró.

Veintinueve escalones después llegó a su piso. Limpió su pequeño zapato negro de tacón en el felpudo que ponía “güelcón”, como decía su casera. La puerta blindada se abrió dejando salir a su compañera de piso adicta al café con la que no se hablaba.

 -¡Por fin en casa!- gritó cuando se cerró la puerta. No sabía que en la cocina estaba la señora con guantes verdes de latex que limpiaba el piso una vez por semana. Iba a picar algo cuando, de repente, se escuchó un crujido como el que suena cuando aplastan a una cucaracha.

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sin titulo

Seguía viviendo donde siempre, en un antiguo edificio que vigila el barrio desde el centro de un descampado donde algún día construirán un hotel imaginario. Sólo uno de los tres dormitorios ocupado y en el frigorífico, en la segunda balda, un limón se siente inútil.

 En el salón, tres latas de cerveza encima de una vieja tele destronada por otra con TDT  hace de mesita improvisada para los partidos. Al lado de la ventana del salón una mesa de caballetes forma una ele con el sofá que está contra la pared. Pero estaba sentado en la incómoda silla de madera.

Ya habían pasado unos tres meses desde que lo echaron del trabajo, había estado trabajando durante 19 años y tres días en unas oficinas del centro de la ciudad , en la O.R.P.M (Oficina de Redactores de Prospectos Medicinales). Miles de prospectos olvidados en cajitas de cartón, en la basura y en armarios de cuartos de baño llevaban su firma invisible.

 Un impaciente cursor parpadeaba llamando la atención. Arrastró la silla de madera hasta poder alcanzar el paquete de tabaco aplastado que estaba en el hueco del sofá, entre cojín y cojín. Se encendió un Fortuna mientras miraba la pantalla del ordenador casi sin parpadear . El silencio interrumpido por un grillo lejano le permitía escuchar al cigarro perfectamente. No le dijo nada.

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capítulo 13

Entonces apareció. Llevaba una corbata de rayas verdes y rojas que le había regalado su madre al cumplir los 16 y medio. En el bolsillo izquierdo, una pluma sin tinta adornaba la camisa azul bastante ajada por años de lavadora.

Entró dando un salto apresurado por el “pi-pi-pi” de las puertas del metro, miró hacia los lados buscando un sitio libre. Encontró uno hacia la mitad del vagón. Sacó su libro de tapa granate dura y hojas marrones con olor a humedad que le había regalado su madre al cumplir los 21 y medio.

Iba por el capítulo 13, mas o menos por la mitad. En el viaje anterior el marca páginas se había quedado en la página 178 ,justo en el momento en el que ella entraba al metro dando un salto, apresurada por el “pi- pi” de las puertas del metro.

Siguió leyendo:

“miró hacia los lados. Encontró un sitio libre justo al lado de una señora que sujetaba tres bolsas llenas de regalos entre sus pies y sacó su libro de tapa dura y hojas marrones con olor a humedad que se había encontrado por la calle justo el día en el que cumplía los 21 y medio. Levantó la vista unos segundos para mirar alrededor. En frente suyo un chico con una corbata de rayas verdes y rojas.”

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la b

Hubiera preferido la opción “b”. La “a” era demasiado obvia. No imaginaba un cuarto desordenado con una plantación de calcetines sucios, discos de vinilo en una esquina, olvidados, al lado de los libros de límites al infinito e integrales derivadas. No imaginaba una señora canosa visitando cada día esa pocilga y aclamando al orden en cada una de esas visitas , día tras día , durante 29 años. Una decoración sobria en el salón, entre granates y marrones, ideal para cálculos con ingenio.

La “c” era de esperar. Sabía que era la acertada, una vez hecha la pregunta, al terminar de pronunciarla, lo supe. Imaginaba la pocilga llena de mierda con alguna cerda por ahí caminando con jamones de pata marrón, acompañado del “oink, oink” de un cerdo compañero que camuflado de animal interesante, no sabe ocultar su verdadero origen porcino.

Yo quería la “b”. Un extraterrestre verde, sin madre, sin cerda, sólo con planeta verde, tentáculos y un supercabezón lleno de conversaciones rojas, azules y amarillas interesantes. Un idioma extraño para comunicarse y una buena nave espacial para huir de vez en cuando.

Los extraterrestres no existen.

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de rojo y de humo

Una bolita pequeña. Era una bolita pequeña parecida a una canica la que un día casi me hizo tropezar. La cogí del suelo y la miré detenidamente, en su interior había un humo rojizo que bailaba de un lado para otro. La guardé en mi bolsillo.

Aquel día la estuve sacando y observando. Cada vez que mi cerebro la recordaba, la manoseaba, la pasaba de una mano a otra, la sujetaba con mi dedo índice y el pulgar, intentando mirar a través de ella, meterme entre ese humo rojo. Pero fue imposible. Terminó de vuelta en mi bolsillo.

Pasó el tiempo, la esfera diminuta quedó escondida en el tercer cajón de mi mesita de noche, al lado de la caja de zapatos que escondía todas las cartas que me había mandado con mis amigos en la infancia. Había estado un año intentando averiguar lo que contenía, pero me tropecé por la calle con otras cosas que poco a poco iban quitándole protagonismo.

Un día, mientras que hacía limpieza de cosas que había ido recogiendo por la vida, me la encontré. Allí estaba, en el cajón, en la misma esquina donde la dejé, más pequeña que nunca, y con algo de polvo alrededor. La agarré con mucho cuidado para que no se cayera, era tan pequeña… la arrimé a la manga de mi jersey azúl y le quité todos los restos del olvido que se habían pegado hasta casi formar parte de ella.

Me la acerqué al ojo, ¡ya no era roja! ¡apenas tenía humo! ¡era azúl!, ¿se estaba muriendo? ¿había mutado? La ansiedad por conocer lo que estaba pasando me hizo recordar el día que me la encontré. Y de repente..¡Plin! era otra vez roja, incluso más grande.. Deduje que el pequeño coso de cristal relleno de humo extraño necesitaba que de vez en cuando me acordara de él para que se conservara como el primer día.

Cada cierto tiempo, abría la caja donde guardo los anillos que, por cierto, casi no me pongo, para recordarla, la había cambiado de sitio, la compañía de las cartas antiguas le arrastraba a un mundo cerrado que yo ya no abría.

Así pasaron los años, la bolita se teñía de rojo cada vez que la tocaba, nunca llegó a ser de aquel azul tan intenso que la ahogó la primera vez.. No sé porqué, pero un día decidí llevármela de viaje, y en el autobús la miraba y la remiraba…¿y si tenía sabor y nunca la había probado? Fue pensar eso y al segundo , aquella cosa saltó a mi boca y empezó a crecer, a crecer, a crecer, me iba quedando sin aire, no podía respirar, me iba a morir, me estaba muriendo, mi garganta, no hay aire, oscuridad, humo rojo.

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la morena guadalupe

Un hombre caminaba mirando a una chica con vestido rojo…

-Discúlpeme caballero,

por haberle tirado el sombrero.

-Y ahora yo, ¿qué hago con estos pelos?

-No ha sido mi intención

causarle tal desilusión.

-Pues ya la has cagado,

al descubierto mi calva ha quedado.

-Orgulloso debería estar

de con tanto sexapil a las nenas cautivar.

-¿Cautivar? La polla te haré patear,

si mi sombrero no va a buscar.

-Toda la intención he tenido,

de buscar su gorro perdido.

No he podido más que encontrar

que su gorro un coche acaba de atropellar.

-Mi padre ahora qué dirá,

en la tumba debe estar,

revolcándose por la gorra

que acabo de heredar.

-No se preocupe por su padre

que muerto ya está,

preocúpese por su madre,

que vieja y sola se va a quedar.

-De mi madre no se preocupe,

que bailando debe estar,

La morena Guadalupe,

allí se hace llamar.

-¿Pero qué me está contando?

¿Guadalupe es su madre?

¿La bailarina de tango?

-¿Tango?creo que se está equivocando

si mi padre murió

fue por ver a mi madre en un cabaret bailando.

Todos los hombres en el culo dinero le iban dejando.

-Pues no se sienta mal ,

por lo menos está trabajando,

no como la mía que con una llave inglesa anda robando,

-No sea atrevido y el gorro vaya pagando

que por lo menos me debe unos doscientos mangos.

-Mañana a las 6 te estaré esperando

no llegues antes que a tu madre billetes le estaré dejando.

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sueños de papel y pluma

No se lo he preguntado a nadie, tampoco creo que pudieran responderme, pero estoy seguro de que desde aquí el mundo se ve diferente.
Mi mano siempre ha querido dibujar, era de esos que en clase, mientras que la profesora hablaba de historias perdidas en la propia historia y de lenguas que no lamían, yo destrozaba mi pequeño cuaderno cuadriculado. Al menos eso decía Doña Asunción cada vez que ojeaba mis tareas. Yo sólo adornaba con pequeños trazos las sosas hojas vestidas con líneas rectas y aburridas. Ellas no tenían la culpa de haber nacido así, además lo pedían, querían tener su propio diseño. Allí estaba yo para ayudarles.
Al crecer, poco a poco, el deseo de diseñar las hojas tristes fue creciendo proporcionalmente a mi estatura, hasta que se convirtió en mi objetivo. No dejar que ninguna hoja se muriera del aburrimiento. Siempre me acompañó una de estas especies de cuaderno.
Aquel día amaneció nublado tenía cientos de papeles y materiales para dibujar tirados sobre la mesa del estudio, no era un buen día para organizar todo aquel montón. De repente, vi la vieja pluma que utilizaba en el colegio, era mi pequeño tesoro, así que quise averiguar si todavía quedaba algo dentro. Me puse a trazar líneas pero no me salía nada bueno. Cuando tuve que encender la pequeña lámpara roja me di cuenta que había pasado todo el día y ninguno de los dibujos que había hecho merecían ser guardados en el cajón de los hijos predilectos. Me fui a dormir.
Un pequeño haz de luz que chocaba bruscamente contra mi ojo izquierdo hizo que aquella chica de curvas acentuadas que estaba a punto de llevarme a la cama en aquel excitante sueño se desvaneciera. Abrí un ojo tímidamente, o el decorado de habitación había cambiado o no estaba en mi casa, el otro abrió sus párpados sin yo darle permiso. No estaba en mi casa. El pijama de rayas verde y negro que me había regalado mi madre para mi cumpleaños era blanco y negro. El verde había dejado que el blanco lo invadiera y lo anulara, un verde ácido, fuerte, dejó que la mezcla de todos los colores lo ganara.
No era mi habitación, no estaban mis dibujos a una esquina, no estaba la foto de la primera novia que tuve en la tercera balda, no estaba el estuche de pinturas, ni mi reloj azul, tampoco las colección de películas, ni mi pipa morada. Estaba rodeado de vegetación en dos dimensiones, era como si alguien me hubiera metido dentro de un cubo blanco gigante y se hubiera dedicado a pintar sus paredes, suelo y techo. Miré mis manos, mis queridas manos, creadoras, eran planas, contorneadas por una pequeña línea negra.
Empecé a caminar por una de aquellas paredes, estaba como en una especie de selva, crucé el río estrecho, justo cuando llegué a la otra orilla un pez extraño saltó hacia mí, me mordió con fuerza, y al hacerlo, se fue derritiendo lentamente. De mientras mi brazo empezaba a tomar una forma no demasiado común para un ser humano. Me desmayé.


Cuando recuperé el conocimiento era un ente muy raro, con manchas negras, pelo largo al igual que el de un león disfrazado de punk, mis piernas se habían confundido de lugar y habían cambiado el sitio con los brazos. No me reconocía.
Caminé por una senda que se perdía en el horizonte, de repente me encontré con miles de ojos planos que me miraban fijamente, sin pestañear. No eran ojos normales, no hablaban, simplemente miraban por mirar, sin decir nada, en silencio.
Seguí mi recorrido, sin saber dónde ir, a la deriva por aquel plano bosque, y mirando de vez en cuando la forma que había adoptado por culpa de aquel maldito pez. Algo se movió de entre las ramas, oí un suave “croak”, efectivamente, una rana de pequeñas pestañas. Risueña ella, me fue indicando el camino. El Sol sin luz se fue y volvió un par de veces hasta que la rana se decidió a hablar. Me dijo que sabía lo que me pasaba, porqué estaba así, que lo iba a descubrir yo sólo en cuanto llegara al fin. Yo no quería morirme, ella me aclaró que lo único que tenía que hacer era llegar al tope del camino, donde no se puede andar más para cruzar la barrera.
Me acompañó aquella negra rana el resto del camino, se convirtió en una buena amiga, nos contamos muchas cosas de nuestras vidas, a veces era algo alocada e insoportable, pero me hizo pasar muy buenos ratos. Nunca antes había creído que una rana iba a ser mi amiga.
Pasaron unos diez días cuando llegamos al final. Un enchufe gigante erigía en medio del bosque. La rana me dijo que debía cruzarlo para volver a ser como antes y adoptar mi forma normal. Tenía algo de miedo le dije que fuera ella primero pero ella no quería, se quería quedar allí. Cedió, se metió por uno de los agujeritos, yo la seguí.
Estaba en mi cuarto, en el mío, con mi reloj azul, la foto en la tercera balda, la colección de películas…todo estaba en su sitio. Hasta yo estaba en el mío, en mi silla verde acolchada, en frente de mi mesa sobre la que había apoyado un dibujo en blanco y negro hecho con tinta. A su lado, una pequeña rana de papel.
Ahora, otra vez, la pluma está en mi mano.

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