No se lo he preguntado a nadie, tampoco creo que pudieran responderme, pero estoy seguro de que desde aquí el mundo se ve diferente.
Mi mano siempre ha querido dibujar, era de esos que en clase, mientras que la profesora hablaba de historias perdidas en la propia historia y de lenguas que no lamían, yo destrozaba mi pequeño cuaderno cuadriculado. Al menos eso decía Doña Asunción cada vez que ojeaba mis tareas. Yo sólo adornaba con pequeños trazos las sosas hojas vestidas con líneas rectas y aburridas. Ellas no tenían la culpa de haber nacido así, además lo pedían, querían tener su propio diseño. Allí estaba yo para ayudarles.
Al crecer, poco a poco, el deseo de diseñar las hojas tristes fue creciendo proporcionalmente a mi estatura, hasta que se convirtió en mi objetivo. No dejar que ninguna hoja se muriera del aburrimiento. Siempre me acompañó una de estas especies de cuaderno.
Aquel día amaneció nublado tenía cientos de papeles y materiales para dibujar tirados sobre la mesa del estudio, no era un buen día para organizar todo aquel montón. De repente, vi la vieja pluma que utilizaba en el colegio, era mi pequeño tesoro, así que quise averiguar si todavía quedaba algo dentro. Me puse a trazar líneas pero no me salía nada bueno. Cuando tuve que encender la pequeña lámpara roja me di cuenta que había pasado todo el día y ninguno de los dibujos que había hecho merecían ser guardados en el cajón de los hijos predilectos. Me fui a dormir.
Un pequeño haz de luz que chocaba bruscamente contra mi ojo izquierdo hizo que aquella chica de curvas acentuadas que estaba a punto de llevarme a la cama en aquel excitante sueño se desvaneciera. Abrí un ojo tímidamente, o el decorado de habitación había cambiado o no estaba en mi casa, el otro abrió sus párpados sin yo darle permiso. No estaba en mi casa. El pijama de rayas verde y negro que me había regalado mi madre para mi cumpleaños era blanco y negro. El verde había dejado que el blanco lo invadiera y lo anulara, un verde ácido, fuerte, dejó que la mezcla de todos los colores lo ganara.
No era mi habitación, no estaban mis dibujos a una esquina, no estaba la foto de la primera novia que tuve en la tercera balda, no estaba el estuche de pinturas, ni mi reloj azul, tampoco las colección de películas, ni mi pipa morada. Estaba rodeado de vegetación en dos dimensiones, era como si alguien me hubiera metido dentro de un cubo blanco gigante y se hubiera dedicado a pintar sus paredes, suelo y techo. Miré mis manos, mis queridas manos, creadoras, eran planas, contorneadas por una pequeña línea negra.
Empecé a caminar por una de aquellas paredes, estaba como en una especie de selva, crucé el río estrecho, justo cuando llegué a la otra orilla un pez extraño saltó hacia mí, me mordió con fuerza, y al hacerlo, se fue derritiendo lentamente. De mientras mi brazo empezaba a tomar una forma no demasiado común para un ser humano. Me desmayé.
Cuando recuperé el conocimiento era un ente muy raro, con manchas negras, pelo largo al igual que el de un león disfrazado de punk, mis piernas se habían confundido de lugar y habían cambiado el sitio con los brazos. No me reconocía.
Caminé por una senda que se perdía en el horizonte, de repente me encontré con miles de ojos planos que me miraban fijamente, sin pestañear. No eran ojos normales, no hablaban, simplemente miraban por mirar, sin decir nada, en silencio.
Seguí mi recorrido, sin saber dónde ir, a la deriva por aquel plano bosque, y mirando de vez en cuando la forma que había adoptado por culpa de aquel maldito pez. Algo se movió de entre las ramas, oí un suave “croak”, efectivamente, una rana de pequeñas pestañas. Risueña ella, me fue indicando el camino. El Sol sin luz se fue y volvió un par de veces hasta que la rana se decidió a hablar. Me dijo que sabía lo que me pasaba, porqué estaba así, que lo iba a descubrir yo sólo en cuanto llegara al fin. Yo no quería morirme, ella me aclaró que lo único que tenía que hacer era llegar al tope del camino, donde no se puede andar más para cruzar la barrera.
Me acompañó aquella negra rana el resto del camino, se convirtió en una buena amiga, nos contamos muchas cosas de nuestras vidas, a veces era algo alocada e insoportable, pero me hizo pasar muy buenos ratos. Nunca antes había creído que una rana iba a ser mi amiga.
Pasaron unos diez días cuando llegamos al final. Un enchufe gigante erigía en medio del bosque. La rana me dijo que debía cruzarlo para volver a ser como antes y adoptar mi forma normal. Tenía algo de miedo le dije que fuera ella primero pero ella no quería, se quería quedar allí. Cedió, se metió por uno de los agujeritos, yo la seguí.
Estaba en mi cuarto, en el mío, con mi reloj azul, la foto en la tercera balda, la colección de películas…todo estaba en su sitio. Hasta yo estaba en el mío, en mi silla verde acolchada, en frente de mi mesa sobre la que había apoyado un dibujo en blanco y negro hecho con tinta. A su lado, una pequeña rana de papel.
Ahora, otra vez, la pluma está en mi mano.
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